LA ACTIVIDAD FÍSICA NO ES OPCIONAL

Diría que es el principal mal de la sociedad moderna: la opción de decidir si quieres realizar algún tipo de actividad física o no. En este mundo «civilizado», si una persona lo elige así, puede pasar días, semanas… tal vez todo el año, teniendo un gasto calórico mínimo -el justo para sobrevivir, por el mero hecho de estar vivo- y sin tener que realizar ningún esfuerzo más allá de levantarse de la cama, ir al sofá, tal vez bajar a hacer unos recados… y así todo el día, poco más hasta volver a acostarse. Es un hecho.
 
«-Oiga, que yo voy a trabajar cada día.»
 
Perdone usted. Pero lamento decirle que muchos de los trabajos modernos, aunque no dudo que puedan resultar agotadores intelectualmente y producir gran estrés y finalmente cansancio físico por pura tensión, la verdad es que resultan insuficientes para la salud de músculos y articulaciones. Curiosamente, cuanto más respetada y de «alto nivel» sea la ocupación, más productora de físicos piltrafa resulta.
¿Tienes perro? ¡Estupendo! Aprovecha la oportunidad de gastar unas calorías extra durante los al menos tres paseos que espero que le estés dando cada día.
 
Lo cierto es que la ausencia de necesidad de esforzarse es antinatural: aumentar con cierta frecuencia las pulsaciones, sudar como consecuencia de un consumo de calorías, someter al cuerpo a una sobrecarga mayor de la habitual… Cualquier otro ser vivo en cierto grado similar a nosotros (similar, no nos comparemos ahora con una ameba, por ejemplo) depende de su fuerza, rapidez, agilidad, astucia… para sobrevivir.
 
 Parece mentira que aún hoy en día, lo mismo que se creía hace no muchos años, se siga suponiendo que lo inteligente es incompatible con lo físico:
Si eres un forzudo, se asume que has de ser medio tonto; y si lo tuyo es el raciocinio, deberías estar más bien escuálido y procurar no sudar en público, no sea que se ponga en duda tu cociente intelectual.
La realidad es que construir un gran físico y desarrollar unas buenas habilidades y cualidades deportivas, requiere, entre otras cosas, una buena planificación y tener bastante cabeza.
 
El hecho es que caer en la delgadez es la opción menos mala, aún no siendo la más deseable. El problema es que se tiende a todo lo contrario: la vida (no para todos, pero se supone que para una mayoría) es más fácil, más confortable, requiere menos gasto a nivel físico.
Por otro lado, la disponibilidad de alimento es constante pero, por desgracia, no de las fuentes más adecuadas. Este es un tema para todo un artículo, pero cuando se trata del aumento de peso no deseado, todavía se sigue creyendo que el problema es la GRASA (hablando con fundamento, deberíamos referirnos a lípidos y no todos ellos son preocupantes), cuando en realidad la principal causa es un terrible exceso de HIDRATOS DE CARBONO (muy mal denominados también, puesto que se llaman glúcidos). 
 
Dejando la química orgánica para otro día, no creo que a nadie le sorprenda si digo que todos sin excepción comemos más de la cuenta, mucho más de lo necesario, ya no digo para vivir, sino incluso asumiendo que tengamos un gran gasto energético. Y buena parte del problema es, sin duda, la disponibilidad de comida prácticamente en todo momento, la mayor parte de las veces de fuentes muy poco recomendables. ¿Qué tenemos al alcance normalmente si estamos por ahí y queremos comer algo rápido? Y muchas veces no por hambre, sino porque está accesible, por vida social, por «picar o tomar algo»: patatas fritas, porquerías envasadas cargadas de azúcares y de sal, bollería…
 
Todo puro carbohidrato del peor, en una cantidad que en la naturaleza no podría estar disponible de ninguna manera, una dosis que dispara los picos de insulina y por tanto disminuye nuestra sensibilidad a ella, lo que nos hace más proclives a engordar y, de paso, aspirantes a futuros diabéticos. Una sobredosis que, en caso de no poder ser gastada, lo que hará es convertirse en grasa. Si a ésto le añadimos que mucha de esta basura comestible también viene bien cargada de grasas saturadas, pues ya tenemos la combinación ganadora para destruir un físico.
 
Respecto a la diabetes, es algo de lo que todo el mundo ha oído hablar o conoce a alguien que es diabético y tiene que pincharse insulina, pero no mucha gente sabe de qué se trata realmente. Sin entrar en demasiados detalles, puesto que tampoco pretendo ir de médico sin serlo, se trata de:
 
-TIPO I: disfunción del páncreas a causa de la cual no segrega insulina (hormona), por lo que hay que suministrarla externamente. Es la más grave.
 
-TIPO II: no segrega insulina suficiente y/o ésta no cumple su función de forma adecuada. Es la más común y más fácilmente controlable con un estilo de vida adecuado.
 
La insulina se encarga de transportar los azúcares a las células para ser metabolizados, por lo que si deja de cumplir su cometido, nos encontraremos con una gran cantidad de glucosa circulando libremente por la sangre, lo que puede acarrear problemas de salud bastante graves (principalmente riñones, enfermedades cardíacas, derrame cerebral…). No siempre se llega a este extremo, pero… ¿merece la pena arriesgarse?  Aparecerá el típico iluminado que nos dirá que de algo hay que morir, pero en mi opinión, con este asunto, poca broma. Lo malo no es morir, sino la calidad de vida que tengas hasta que llegue el momento.
Hay mucha más gente de la que piensas que está a solo un peldaño de una diabetes tipo II, sin saberlo, o que la padece y no se ha enterado aún. Empezar a tener un cierto sobrepeso de forma sostenida es un buen indicador de estar en ese camino. Date cuenta de que cada vez que te das un atracón de dulces, por ejemplo, le estás dando una buena patada a tu sistema endocrino.
 
Hasta donde hay noticia, es una enfermedad relativamente moderna: antiguamente, difícilmente un individuo podía llegar a ser diabético si no tenía suficiente para comer y la mayor parte del alimento disponible consistía en proteína, de bastante calidad por cierto. Antes podía morirse de cualquier otra cosa, no voy a entrar en si ahora se vive mejor o no, porque todo es relativo, pero con toda seguridad nadie veía reducida su calidad de vida poco a poco por sobrepeso y otros males fruto de la vida moderna, ni se moría en pleno sedentarismo.
 
El hecho es que la falta de actividad física nos trae unos efectos nada deseables: obesidad, pérdida gradual de capacidades motoras, incapacidad para disfrutar practicando algún deporte o actividad al aire libre, en algunos casos pérdida de la propia autonomía -a veces demasiado pronto. ¿Te suena el panorama? Lo tienes alrededor, lo aceptas como normal e inevitable y te acomodas y consuelas en la idea de que para la mayoría es así: ya sabemos, mal de muchos, consuelo de tontos. ¿A qué club quieres pertenecer?
 
La realidad es que todos venimos de fábrica listos para la acción, con la capacidad de hacer lo que sea sin problemas, sin apenas aprendizaje. Observa a cualquier animal en su vida normal. ¿Hay que enseñarles a cazar, a luchar, a escapar? Responden a unos patrones de movimiento que son naturales, los tienen aprendidos desde que nacen y los mantienen toda su vida porque nunca dejan de ejercitarlos. El problema de la sociedad moderna es que no exige actividad física para la supervivencia. La escena sería muy distinta lejos de la ciudad, nuestra jaula particular. En la naturaleza, no te levantas por la mañana y abres la nevera, no hay comida, por lo tanto, tienes que salir en ayunas y conseguirla. Y el procedimiento es mediante la actividad física. Y lo mismo para cada aspecto de la supervivencia. Debes correr o luchar para que no te maten.
 
EMPIEZA A PENSAR EN SER FÍSICAMENTE ACTIVO COMO UNA OBLIGACIÓN Y UNA NECESIDAD. NO ES OPCIONAL. ES TU SALUD.

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